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A 30 de Diciembre.
Por Gerardo Elorriaga.
Cada verano, un autobús repleto de jóvenes parte de San Sebastián y atraviesa el sur de Europa. Su destino es Gorazde, una pequeña localidad del corazón de Bosnia que fue conocida como 'la ciudad donde sólo los muertos tienen suerte'. Durante tres semanas, los viajeros conviven con familias locales que les explican cómo se sobrevive a un asedio militar de tres años y a una posguerra sin apenas medios económicos.
SOS Balkanes organiza esta expedición para que los muchachos descubran las causas y consecuencias de la guerra, un conflicto que asoló el país y provocó cientos de miles de muertos y millones de desplazados. La donostiarra Irene Cormenzana, una de las fundadoras de la ONG, guía al grupo. «La primera vez que fui pensé que me iba a encontrar una población trastornada por la experiencia, pero no se advierte lo que ha sufrido». Como ocurrió con los habitantes de la cercana Sbrenica, sabían que la derrota implicaba la muerte y no se rindieron. «Sorprendentemente, hallé personas normales, afables, con muchas ganas de comunicarse, aunque eso no quiere decir que no padezcan aún traumas. Eso tarda mucho en superarse, sobre todo, careciendo de ayuda psicológica».
Mientras permanecen en el lugar, los voluntarios organizan talleres de manualidades con los niños y, en las últimas ediciones, visitan -cargados de material escolar, juguetes y víveres- una aldea cercana recientemente recuperada por sus habitantes musulmanes. Hace cinco años volvieron a sus hogares arrasados, ahora radicados en la entidad serbobosnia, los techaron de nuevo, colocaron cristales en las ventanas y poco más. «Regresar es muy duro, porque todo quedó destruido. Salir de las inmediaciones de Sarajevo es como un viaje hacia atrás en el tiempo».
Cormenzana asegura que el odio no ha prendido y que los habitantes de aquella localidad bombardeada sin compasión sueñan con la vida antes de la disgregación de Yugoslavia, cuando todos convivían en paz antes de que los radicales locales, la connivencia de los segregacionistas croatas y serbios y la pasividad internacional prendieran fuego en 1992 a la incipiente república bosnia. La recuperación de la confianza mutua sigue siendo un sueño y el nivel de desarrollo se encuentra lejos del gozado en la década de los 80. «Y la vida no es barata».
Sin columpios
Poco después de iniciarse el conflicto, un puñado de personas, principalmente de Guipúzcoa, emprendió una tarea de apoyo a los refugiados. Tras los acuerdos de Dayton, colaboró en la puesta en marcha de explotaciones agrícolas, entre otros proyectos sobre el terreno. Diez años después, reducida la militancia y gracias a la cooperación del Ayuntamiento donostiarra, sus objetivos son más modestos: el arreglo parcial del polideportivo y la reconstrucción de una zona de recreo infantil donde ya no quedan columpios. «Son pequeñas intervenciones que los beneficiarios agradecen mucho porque a ellos les cuesta conseguir recursos».
La estancia estival culmina con la participación en un festival 'folk' en el que se puede escuchar música eslava, bretona, italiana e, incluso, vasca. «Siempre llevamos con nosotros 'dantzaris' o algún instrumentista». Dentro de dos años, los veteranos de la asociación pasarán el testigo a estos voluntariosos chicos que deberán responsabilizarse de los próximos objetivos de la organización, acaso su fin o un replanteamiento general. «Han comprobado con sus propios ojos lo que implica la intolerancia, el odio y la violencia. Ahora, ellos deben decidir».
Cuando la sociedad mira hacia otro lado
Una mañana la mayoría musulmana de Gorazde se despertó sin sus vecinos serbios. Habían huido durante la noche. Entonces, la artillería empezó a disparar desde los montes que rodean la ciudad. «Se destrozó un país y su cultura, varias generaciones y se sembró la desesperanza», lamenta Richar Bacete, juntero alavés de Ezker Batua y uno de los creadores de SOS Balkanes.
Ex cooperante, considera que la guerra fue un genocidio instigado por los extremistas y apoyado en la manipulación y la mentira sobre atrocidades cometidas por inexistentes fundamentalistas. «En un programa de la radio serbia, una niña pidió a su padre soldado que le trajera un vídeo porque en la barbarie había mucha rapiña. Actos de este tipo los provoca una minoría de catadura moral bajísima, capaz de establecer una cadena de odio, masacres y revanchas sin fin, y arrastrar al resto de la sociedad cuando no reacciona o mira hacia otro lado».
Hoy, Gorazde, convertido en un enclave de la federación croatamusulmana en territorio serbio, se calienta con leña y no cuenta ni siquiera con instrumentos para acabar con la basura y chatarra que inunda un bello paisaje, también plagado de ruinas y minas. Sus habitantes se mantienen de los cultivos de subsistencia, las remesas de los emigrantes y la ayuda internacional. «La guerra resulta fácil y perfecta para los fines perseguidos, mientras que cuesta mucho rehacer la paz y no le dedicamos tiempo y esfuerzo».
Algunas familias ortodoxas han regresado a sus casas e intentan recuperar su anterior vida junto al río Drina. Curiosamente, los hijos adolescentes de los asediados anhelan otro futuro, tal vez en Estados Unidos o Canadá, lejos de un país de incierto porvenir. |