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A 25 de Diciembre.
Por Begoña Arce.
Escribe en inglés y vive en Londres, pero sus historias transcurren en el universo mágico de África. El poeta y novelista nigeriano Ben Okri emplea las fuentes de la tradición oral, pero el suyo es un nuevo estilo narrativo, con un pie en la mitología y otro en la realidad. Riquezas infinitas, la última de sus obras que ha publicado la editorial El Cobre en España, se mueve en una tierra fronteriza entre lo novelesco, lo fantástico y lo político.
La historia narrada a través de los ojos de un niño llamado Azaro, capaz de ver cosas que nadie ve, habla de la desaparición del viejo orden colonial y la incertidumbre de una nueva era. "El orden de la vieja África aún no ha muerto y el de la nueva África aún no ha llegado. Es un momento de caos. Pero es un caos calculado", afirma Okri , considerado a los 46 años como uno de los más brillantes representantes de la literatura contemporánea africana. "Si el libro se lee y se relee, se halla un orden --explica--. Es como una gran sinfonía en la que finalmente cada sonido, cada voz, encaja".
Okri es un hombre elegante, buen conversador y hace gala de una cortesía exquisita. La entrevista transcurre durante un almuerzo en un restaurante chino del barrio londinense de Maida Vale, en el que vive. El ritmo de la charla hace que los platos se vayan quedado fríos.
Los premios
Uno de los ejes del relato son los árboles que están siendo talados, dejando devastada la selva, refugio de deidades, espíritus enigmáticos y animales misteriosos y temibles. "La destrucción del medio ambiente es también la pérdida de diferentes culturas. La gente pierde sus bosques, pierde su entorno y pierde su alma. En Europa ya ocurrió antes que en otras partes", señala Okri, que en 1991 ganó el Premio Booker, el galardón literario más importante del Reino Unido con la obra La carretera hambrienta. Desde entonces su prestigio internacional ha ido en aumento y su nombre aparece regularmente en la lista de aspirantes al Nobel. "Los premios ayudan, pero es una pena que un libro los necesite para que sea leído", comenta. Y lamenta que la moderna literatura "sólo está hecha para los ojos, no para el resto de los sentido, ni para el corazón".
Llegar a donde ha llegado le ha costado algunas penalidades. Después de pasar parte de su infancia en Londres, su familia regresó a Nigeria, coincidiendo con el comienzo de una guerra civil. A los 17 años, volvió con una beca a Gran Bretaña "porque es el país de Shakespeare y Dickens", dice. "Fue duro. Era pobre y sufría a causa el frío y la soledad, pero era joven y me sentía liberado por haberme ido de casa".
A Nigeria viaja periódicamente, pero no es algo que necesite como inspiración para sus libros. "Mis obras no son guías del país. La literatura trasciende a la realidad". Arremete contra la visión de África que dan los medios informativos "porque es una devaluación de la realidad. Sólo se ve sida y miseria. Nada refleja la riqueza y la complejidad de la gente". También rechaza la etiqueta de realismo mágico africano que le han colgado los críticos, a los que acusa de cierta vagancia. "La etiqueta es una excusa --dice-- para no utilizar la imaginación". |