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A 24 de Diciembre.
Por Ángel Font. Director de la Fundació Un sol món de la obra social de Caixa Catalunya.
El Instituto Nacional de Estadística (INE) acaba de publicar los niveles de desigualdad de renta en España. Estos datos han venido a confirmar oficialmente aquello que desde instancias académicas y organizaciones sociales se venía propugnando en los últimos años: que el fuerte crecimiento económico experimentado en España no ha beneficiado a todos por igual, y una quinta parte de la población sigue por debajo de los umbrales de la pobreza. Se ha empezado a llenar el vacío de datos sobre la pobreza que ha sufrido nuestro país, parcialmente cubierto por los informes de la Fundació Un Sol Món de Caixa Catalunya y de la Fundació Jaume Bofill.
En sociedades más avanzadas, y con niveles de renta más altas, conseguir unos mínimos de integración ciudadana no cuesta lo mismo que en otras sociedades en transición. Este concepto socioeconómico ha cobrado un realismo dramático en los recientes acontecimientos de Francia, en los que muchos jóvenes canalizaron su frustración por no albergar ninguna esperanza de superar ese umbral de discriminación.
El informe del INE confirma cuáles son los rostros de la pobreza en España. El perfil mayoritario corresponde a personas mayores, principalmente mujeres, percibiendo pensiones insuficientes para cubrir las necesidades básicas. Podríamos denominarla la pobreza institucional, consagrada en los presupuestos generales del Estado. Ésta también es una pobreza silenciosa, que no se manifiesta por las calles, una pobreza vivida en la intimidad del hogar que se va deteriorando, intentando evitar la humillación de dar a conocer las limitaciones sobrevenidas. Del conjunto de hogares pobres, más de la mitad, alrededor de unos dos millones, cuentan con un sustentador principal en edad laboral en paro o con empleo precarios. En estas situaciones, el trabajo se convierte en el de los principales vectores de inclusión social para dejar la pobreza. Sin embargo, hoy las entidades de inserción laboral no consiguen atender a todas las personas que solicitan sus servicios.
LA POBREZA ha evolucionado de forma desigual en los últimos 25 años. En los 80, los cambios fiscales y sociales permitieron que las desigualdades se redujeran considerablemente. La introducción de reformas estructurales al principio de la década de los 90 frenó el proceso redistribuidor, manteniéndose desde entonces niveles de pobreza similares a los actuales. Queda por ver el saldo que aportará la primera década del siglo XXI, aunque mucho debería hacerse en los próximos años para revertir una situación que presenta un diagnóstico delicado.
En efecto, los cambios sociales que hemos vivido en los últimos años son profundos y guardan mucha relación con la evolución futura de la pobreza. Según datos del Ayuntamiento de Barcelona, extrapolables a muchas ciudades españolas, en los últimos seis años la inmigración registrada ha pasado del 5% al 15%, la población de personas mayores ha crecido del 15% al 23% y los hogares monoparentales han aumentado del 5% al 20%.
Otro factor que afecta fuertemente, y lo seguirá haciendo en el futuro, es el encarecimiento de la vivienda. Si la escalada de precios dificulta el acceso a la misma a un amplio espectro de hogares, lo imposibilita para los colectivos con menores ingresos, facilitando la aparición de nuevas situaciones de infravivienda.
El envejecimiento de la población, la integración de la inmigración, la inserción laboral y el acceso a una vivienda digna se configuran como los principales retos para reducir considerablemente la pobreza en nuestro país. Para ello el conjunto de políticas sociales tendrán que seguir creciendo en presupuesto, pero sobre todo en eficiencia. El tercer sector social (las ONG que trabajan con la pobreza) puede y debe contribuir de forma decidida. Su aportación no debe limitarse a proveer de servicios sociales de bajo coste a la Administración, sino que debe generar nuevas respuestas.
SOLUCIONES nuevas que combinan un alto impacto social con eficiencia económica. Respuestas que buscan la implicación de los propios beneficiarios en el proceso de integración. Nuevos enfoques como atención domiciliaria a gente mayor, microcréditos para el autoempleo, empresas de inserción o viviendas de inclusión. En definitiva, nuevas ideas que requieren de una nueva cultura de emprendedores sociales, como se califica a las personas con ideas de cambio social y que tienen capacidad de ponerlas en práctica.
La pobreza en nuestro país supera la media de los países con los que normalmente nos comparamos. El indicador de pobreza debería ser uno de los que estuviera presente en los programas electorales y en los medios de comunicación. El informe del INE y, sobre todo, su continuidad en el tiempo deberían situar la pobreza en el debate público para iniciar el camino de su erradicación. |