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A 20 de Diciembre.

Por Josep Saurí.

Esta vez Marruecos optó por levantar el pie del acelerador y emitir una señal de moderación. La plana mayor de los defensores de los derechos humanos en el Sáhara Occidental salió relativamente bien librada del interminable juicio celebrado la semana pasada en el Tribunal de El Aaiún por las manifestaciones de mayo. Un auténtico culebrón, con momentos emotivos y delirantes, que acabó, excepto en el caso de Hmad Hamad (condenado a dos años), con unas penas que parecen absoluciones disfrazadas.

Después de las tres suspensiones más o menos accidentadas de las últimas semanas, el proceso judicial más importante al que Marruecos ha sometido a activistas saharauis culminó con una audiencia de 17 horas y media seguida de otras 6 horas y media de deliberación. En total, 24 horas soportadas estoicamente por un centenar largo de personas que pasaron la noche como pudieron en la sala del tribunal y recibieron la sentencia de sus allegados con cierto alivio.

"Es injusto que les condenen, pero la verdad es que esperábamos algo peor", admitía un familiar. Aminatu Haidar fue condenada a 7 meses de cárcel; Alí Salem Tamek, a 8, y Brahim Numría, Mohamed el Mutauakil, Huseín Lidri y Larbi Mesaúd, a 10. Todos llevan varios meses en prisión preventiva y próximamente saldrán en libertad. Los siete jóvenes manifestantes juzgados junto a ellos recibieron penas que van de seis meses a tres años.

Madre, hijo y abrazo

Esta satisfacción contenida no significa que la docena de observadores internacionales --entre ellos cinco representantes del Consejo General de la Abogacía español-- no tuvieran trabajo en un proceso ensombrecido por las denuncias de tortura policial. Sin presentación de pruebas ni declaraciones de testigos, la audiencia consistió en un larguísimo intercambio de golpes entre el fiscal, aferrado a los informes de la policía, y la defensa, que sostuvo que se trataba de un juicio político, denunció irregularidades en la instrucción y negó toda credibilidad a dichos informes, basados según los abogados defensores en "pruebas prefabricadas y falsas declaraciones arrancadas con malos tratos".

El fiscal pidió "condenas ejemplares" por constitución de banda criminal, incitación al delito, uso de explosivos y violencia contra agentes del orden. "No he visto el informe ni sé lo que dice. Mientras lo escribían, tenía los ojos vendados y me estaban torturando", dijo Huseín Lidri al juez. "Al que tendrían que juzgar es al director de la policía", tronó Brahim Numría.
Durante la declaración de Aminatu Haidar se produjeron varios de los momentos más intensos de la jornada. Especialmente cuando su hijo Mohamed, de 9 años, surgió de entre el público y se abalanzó sobre su madre para fundirse en un abrazo. El juez tuvo que intervenir para que la policía no les separara. Tras unos segundos eternos, el chaval volvió a su sitio, sollozando sin consuelo posible. La dureza de la escena hizo aflorar las lágrimas en la mayoría de los presentes. La frágil figura de Haidar se agrandó en la balaustrada: "Yo estaré en toda manifestación en la que puedan defenderse nuestros derechos, siempre que sea pacífica. Nada sé de lo que se me imputa. Y lo que exijo es que se condene a quienes me han maltratado".

Gigante en utilitario

Tiempo hubo para alguna sonrisa, como cuando Hmad Hamad fue interrogado sobre un supuesto desplazamiento con jóvenes activistas en un Fiat Uno. Hamad, de complexión poderosa y casi dos metros de altura, repuso: "Que traigan un Fiat Uno y que la policía intente meterme dentro, a ver si lo logra".

La presión internacional no ha sido probablemente ajena al desenlace del juicio, planteado por la defensa como la prueba del algodón sobre la apertura política y el respeto de los derechos humanos por parte de Marruecos. "Unas penas más duras hubieran convertido a los activistas en héroes. A Marruecos no le interesa en absoluto crear unos Nelson Mandela saharauis", apunta un analista local desde un prudente anonimato.

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