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Cacao contra la pobreza PDF Imprimir E-mail
  
A 13 de Noviembre.

Por Maricel Chavarría.

Cuando la opinión pública teme que sea inevitable una concentración de los bienes alimenticios en manos de unas pocas multinacionales (que no necesariamente usarán cultivos ecológicos), la experiencia del comercio justo como herramienta de cooperación demuestra que muchos campesinos de los países en desarrollo no pueden prescindir de esa ayuda a menos que cambien las reglas del comercio internacional - no se pierdan el próximo capítulo de negociaciones de la Organización Mundial del Comercio de diciembre-. Pero, además, esos pequeños agricultores que tratan de vivir dignamente de su trabajo en países donde el Estado ni les orienta ni les asiste técnicamente se han convertido ahora en los últimos mohicanos de la agricultura artesanal de principios de siglo XXI.

Elías Quispe, productor de cacao en Bolivia y miembro de la Central de Cooperativas El Ceibo, que asegura la venta de sus productos a Europa a través del comercio justo, visitó esta semana en Barcelona algunas tiendas que comercializan marcas elaboradas a partir de sus cosechas. "Es interesante ver cómo se presentan aquí esos productos", dijo antes de ofrecer una conferencia en el CaixaForum invitado por Intermón Oxfam. La misma semana en que las encuestas del CIS indicaban que los españoles desconocen los Objetivos del Milenio o ven con escepticismo la posibilidad de alcanzarlos en el 2010, Quispe vino a confirmar de primera mano que el comercio es una herramienta contra la pobreza y que en las sociedades industrializadas siempre nos queda la opción del consumo responsable.

"Antes vendíamos el cacao a 1.400, a 1.200 y hasta a 1.000 dólares la tonelada", esplicó a este diario. "Cuando había mayor producción siempre bajaba el precio, se acumulaban excedentes en almacenes que no llegaban a venderse por los costes de la exportación: tuvimos que vender a muy bajo precio y la cooperativa perdió mucho capital, lo que causó gran desánimo. En algunos sectores empezaron a talar el cacao y a cambiarlo por otros cultivos", recuerda. En 1989 decidieron vender a través de los canales de comercio justo y empezaron relaciones comerciales con Europa. "Concretamos un precio mínimo de 1.600 dólares, a los que hay que añadir una prima de 150 y otros 200 por producir orgánico,según normas de EE. UU., la UE y Japón: son 1.950 dólares por tonelada, un precio estable que evita riesgos".

Producir orgánico significa en Latinoamérica cumplir con uno de los criterios de comercio justo, es decir, potenciar el uso sostenible de los recursos naturales. Los otros criterios son - ya saben- que no haya explotación infantil; que se reciban salarios dignos y con igualdad de sexos; que los productores puedan participar en las decisiones, y que se trabaje en condiciones de higiene.

"En Alto Beni, las cooperativas somos el motor de estas actividades que tienen en cuenta el medio mabiente", explica Quispe, de 44 años y etnia aymara. "Al principio era complicado cambiar la situación: dar una fumigada se hace en un día, pero cuando ya tienes la plaga, retirarla a mano es costoso; sin embargo, los campesinos van comprendiendo que no se trata sólo se ahorrar tiempo, sino de salvar la propia salud y la del producto". En Bolivia hay poca información y escasa concienciación: la gente quiere recoger frutos a los siete meses de sembrar y no cultivar a largo plazo ni estar pendiente de la poda. "A un empresario en Bolivia le costaría mucho producir así - dice Quispe-, pero organizados podemos ofrecer buenos productos". El Ceibo - la cooperativa de cacao más conocida y respetada de Bolivia- se fundó en 1977 y agrupa hoy a 38 cooperativas en el Alto Beni con unos 850 socios que cultivan el cacao en parcelas de dos y tres hectáreas. Comercializa sus cultivos en Suiza, Francia, Alemania... y a España llegan a través de Bélgica.

"Nuestra intención no es inundar con nuestros productos los países industrializados y que éstos tiendan a no cultivar sus tierras. Las reglas del comercio internacional deben cambiar y favorecer a los pequeños productores, tanto de los países desarrollados como del Sur, pero fíjese que con las normas de producción orgánica el coste del chocolate ha subido y en Bolivia no podrían comprárnoslo". Su producción crece en un mercado seguro, pueden seguir otorgando a sus miembros créditos comerciales, transporte, educación y lo que no cubre su inexistente Seguridad Social. Sus hijos, de momento, no aprenden el aymara en la escuela, "pero esto está cambiando", asegura Quispe.  


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